20080108

La proyección del plagio

Puede ser que en aquel preciso lugar alguien hubiera pronunciado las mismas palabras en otro tiempo” debe ser una frase ya hecha, me he dicho mientras merodeaba absorta en vanalidades por las estanterías llenas de libros de la biblioteca. No recuerdo haberla leído en ningún lugar pero no obstante tengo la extraña certeza de que no he debido ser yo la primera persona en construir esa combinación de palabras cuyo nivel de indeterminación supera con creces un número cualquiera dividido entre cero. Los títulos de los libros, que intentaban sugerírseme uno al lado del otro cual candidatos en cola esperando a un casting de televisión pasaban sin embargo delante de mis ojos sin llamar mi atención y no veía nada que me apeteciera coger entre manos para abrir y ojear ya que lo que realmente estaba haciendo era esperar a que alguno de ellos en su posición vertical y altiva,me viese y tras un silvido agudo, me hiciese las piruetas que requería ese día para hacerle caso. Esto, que sin duda os ha pasado alguna vez a cualquiera de vosotros y que produce una excitación tal comparable al primer encuentro entre dos desconocidos que cruzan miradas en un parque, ridícula situación por otra parte, no me estaba sucediendo esta vez a mí y según pasaba revista militar a paso lento, percibía sin embargo que aquellos libros se revelaban contra mí en postura de brazos caídos. Así que he seguido jugando con mi frase, con la mirada perdida en las ileras de libros y sin parar de caminar, intentando imaginar el preciso momento en que fue usada por primera vez en un discurso escrito. Porque yo, ignorante y gran desconocedora de clásicos y contemporaneos originales o traducidos, podría del modo más inocente utilizarla en alguno de mis irrelevantes escritos, he pensado, y ser posteriormente acusada y condenada de plagio por ello y sin razón. Un “lo hice sin querer” poco convincente y sorprendido sería todo lo que podría argumentar en mi defensa y es que verdaderamente la frase brotó de mí como escribiéndose de su propio puño y letra sin que yo la hubiese llamado en absoluto y así, la hubiese hecho mía por simpatía, pues ella me evoca imágenes y situaciones tan sugerentes como variadas, debido en parte a la falta de concreción que en sí misma posee. Así que mientras cambiaba del pasillo de novelas al de los ensayos me he preguntado que qué tipo de persona debía ser aquella que arriesga su honra y reputación publicando libros sin haber antes leído todos los libros publicados con anterioridad al suyo, y que qué clase de suicida intelectual sería aquél que se atreve a escoger palabras formando frases sin haber preguntado antes si han sido ya usadas o no. ¿Cómo saber si lo creado es algo nuevo todavía no inventado?, ¿Qué se pretende sino al escribir?. Y me ha entrado vértigo, un vértigo que me ha excitado más que a los dos desconocidos juntos ya sentados el cualquier banco del parque. Y mientras bajaba las escaleras de la casa de cultura y hasta llegar a mi apartamento he concluído que el que escribe debe hacerlo porque disfruta volviendo loco al lector, mareándolo diciendo cosas que parecen distintas pero deben ser casi siempre las mismas o parecidas que es peor, y que según escribe, sus carcajadas deben escucharse hasta por el patio de los vecinos, porque puede prever el esfuerzo mental que sus lectores derrocharán en vano intentando situar su obra disfrazada de verdades todavía sin decir en aquel lugar de su desconocimiento, potencialmente digna de hacerles comprender algo más. Y me he puesto a escribir con el placer que produce la incertidumbre de no saber a quién estas copiando, dispuesta a desafiar a cualquiera que diga que esa frase era ya suya, más excitada cuanto más escribía, buscando riesgo y riéndome además con perdón y ganas de vosotros que como a mí cuando leo, os confunden llegando a veces a creer que estáis descubriendo mundos que la mayoría de las veces ya os han debido ser dichos de otro modo.
jarraitu irakurtzen...